El amor y la ética en la psicología

Es en el amor en donde se despliega el cúmulo de principios en donde nos movemos y que tienen que ver con el yo y con el Otro. Pero el amor es algo que todos hemos vivido según las definiciones que la sociedad y de nuestro contexto en el espacio y tiempo en la modernidad, supeditado al beneficio del estado y a su poder. Creemos que amamos a otras personas, pero muchas veces parece que sólo sabemos amar dentro de nuestro individualismo y que nos comprometemos con el Otro sólo si obtenemos algo a cambio o que tenemos maneras limitadas de entenderlo ¿Podemos entonces hablar de que debe existir la ética en el amor?¿Tenemos alguna responsabilidad cuando se trata de amar al Otro? ¿Amamos al Otro o sólo nos imponemos para evitar nuestra responsabilidad y la angustia que genera la espera? ¿Qué buscamos en el amor? ¿Cómo son nuestras relaciones?

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Si yo poseo al Otro, entonces desaparece. Por eso la caricia, la actividad del deseo es la ética del amor, porque no posee, captura o sabe.

Si bien puede parecer que estas preguntas no tienen una respuesta correcta, si podemos intentar entenderlas al contextualizarlas. Fue la modernidad la que puso una distancia entre el yo y el Otro por medio de las leyes. Esa distancia segura era nuestro medio para relacionarnos y lo que nos hizo sentirnos a salvo de la inseguridad y de la ambivalencia de la moralidad. En este contexto el interés del individuo no podía ser el interés del Otro y entonces el Otro se convirtió en un extraño y un obstáculo. Sería la posmodernidad la que pondría en el centro nuevamente al Otro y con ello a la caricia como la ética del amor al recuperar la proximidad.

Es la proximidad en donde recordamos que somos responsables del Otro pero también donde éste se convierte en el límite de nuestra libertad, porque nos encontramos supeditados a que el Otro acepte nuestra responsabilidad hacia él, es decir a su negación. Este no saber nos llena de angustia, porque nuestra libertad se encuentra limitada por Otro del que dependemos aunque deseamos hacernos responsables de él moralmente. La libertad del yo entonces “implicaría abandonarse aun mandato moral que no conoce reposo y siempre exige más de lo que el yo puede estar dispuesto a dar”. La libertad ética no existe sino hasta que el Otro tiene un rostro, de lo contrario sólo será una responsabilidad moral que no reconoceré porque carece de significado. Esta angustia, que reconocemos gracias al conocimiento, se puede convertir en una posesión de la voluntad del Otro. Y el conocimiento puede racionalizar “por el bien del Otro” y convertirnos en unos tiranos. Pero este conocimiento es el único camino que tengo para llegar al Otro ¿Por qué queremos darle una voz al Otro con la atención? Porque no queremos esperar, se presas de la debilidad y de la incertidumbre que nos da y queremos controlar el origen impulsivo de la moralidad. Convertimos la atención en inatención porque deseamos darle un significado y al hacerlo desaparecemos la proximidad y como resultado interpretamos al Otro mas que escucharlo. “El Otro para quien soy es mi propia interpretación de esa presencia silenciosa y provocativa”.

Si yo poseo al Otro, desaparece y yo también porque él reconoce mi existencia. Por eso la caricia, la actividad del deseo es la ética del amor, porque no posee, captura o sabe. Lévinas hace una referencia como es que el amor erótico reconoce la alteridad, ya que es en el deseo en donde “ el Otro en tanto Otro no es un objeto destinado a ser mío ni a convertirse en mi”. La caricia es entonces ambivalente, al igual que el amor, ya que “necesita una dualidad que no puede superarse”, eso sólo pasaría en la muerte, pero entonces el Otro ya no existiría más. Su aporía consiste en que su intención es la felicidad de su objeto, pero de ser lograda entonces ya no sería amor. Está condenado a lo imposible y a nunca ser logrado aunque siempre lo queremos alcanzar, posee una “necesidad constante de transgredir y transcender lo alcanzado”. Pero la caricia es una aporía, al igual que el amor y la proximidad.

La inseguridad de la naturaleza del amor nos brinda dos posibilidades de llevarlo a cabo: fijación y flotación. En la fijación, el amor se sustituye por el deber y las rutinas, pero esto es su muerte aunque es la protección de la parte débil. En este estado aseguramos recibir sin dar de más a cambio de que se ha acordado. En la flotación en cambio hay un escape, no existe compromiso, se asegura siempre una alegría continua y se da una falsa idea de igualdad, pero en realidad no se logra ser nada al ser todo sin profundidad.

En el amor llegamos a confundir nuestra identidad porque no reconocemos nuestros límites y los del otro, porque para conocer al otro hay que conocerse a uno mismo, de lo contrario veremos al otro como alguien como una amenaza que debe ser vencida y esto nos genera tanto miedo y angustia y creemos que la distancia es la única manera de relacionarnos y vincularnos. En el amor la cuestión de la ética y la moralidad es algo obvio, porque de alguna manera todos lo hemos vivido, pero en realidad aplica en general a la manera que tenemos de ver al otro y de vincularnos con él, por eso en la actualidad tenemos problemáticas como la infidelidad, la falta de compromiso e incluso la ausencia y confusión del amor.

En la vida y en consultorio debemos preguntaros y a nuestros pacientes ¿Desde que postura estoy amando, desde la fijación o desde la flotación? Será el conocimiento de nosotros mismos y el que el Otro haga de sí mismo que podemos llegar a un acuerdo, porque la fijación y la flotación siempre estarán en una dinámica permanente. Debe existir entonces un diálogo permanente y abierto con el otro para construir.

Finalmente cabe preguntarnos si no estamos tratando de tomar con un tenedor este mundo líquido y estamos tratando de darle una lógica a lo que es moral y preguntarnos ¿Debe ser la ética la que regule tanto a nuestra razón como a nuestras emociones?¿No es tal vez una contradicción pretender que las emociones al ser controladas sean más eficientes? No olvidemos nunca en que amor como la caricia es una aporía que muere cuando su fin es alcanzado, pero que no por eso debemos dejar de intentar lograrlo y como psicólogos, comprenderlo.

 

 

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